Durante largo tiempo, la característica sobresaliente de las ideologías de izquierda, ha sido su constante, permanente y pública preocupación por los pobres; por esa clase cuyo progreso a nadie importa, cuya verdadera educación se minimiza y se vuelve inaccesible; por esas generaciones formadas en el esquema cultural de la pobre pobreza del chavo del ocho y de la torpe astucia del chapulín colorado. Durante largo tiempo las ideologías de izquierda han puesto en el centro de su lucha, el lograr, o al menos, procurar, el desarrollo humano de esas clases paulatinamente marginadas y desplazadas en la sociedad, que no tienen cabida en el próspero mundo del empresariado y la política, quienes los ven como la clase de bronce advertida por los filósofos griegos cuya conservación es necesaria al Estado, y su desarrollo es un peligro para el Estado mismo; una clase que ha tenido que enfrentar las desmedidas ambiciones de poder por parte de algunos de sus gobernantes, cuyas decisiones acentúan su condición de pobreza; y que también, han padecido el crecimiento casi republicano de los empresarios, sobre todo de los empresarios que detentan el control de los medios de comunicación visuales, a cuyas fuentes se recurre con gran asiduidad en los sectores arropados por la izquierda en su desvalía; esos medios de comunicación que nos ofrecen contenidos con nuevos lideres morales venidos de Cuba y Perú, que vilipendian los pocos espacios ganados por una televisión educativa, formativa y de riqueza en sus contenidos; una clase que por si fuera poco, se ha visto inmersa en un modelo de mercado globalizador que no terminan de comprender; una clase que encuentra en la utopia de la ideología de izquierda, la única fuente capaz de atender a la demanda del mundo pobre, y de ver ampliadas sus oportunidades y capacidades económicas, sociales y políticas.
En nuestro realidad social, en los últimos años visto al Distrito Federal, como un oasis en el que han tenido cabida acontecimientos políticos, religiosos, culturales y legislativos de gran trascendencia para la sociedad; en otros espacios hemos hablado de ello, solo baste traer su mención, para recordar brevemente cuales han sido los estandartes de lucha que le dan presencia a las izquierdas en nuestras pugnas políticas.
La arquitectura fiscal actualmente diseñada para la recaudación y cobro de impuestos y derechos parece haber abandonado lo anterior; el cobro de una tasa fija por derechos de agua aplicada en todos los supuestos en que no es posible medir el consumo, es una muestra de lo anterior, las clases menos favorecidas son las que están padeciendo esos cobros irreflexivos, cuyos autores no consideraron que en materia de recaudación y cobro, la igualdad forzosamente implica la desigualdad y la justifica; los habitantes del Distrito Federal han tenido que pagar cuotas de consumo incrementadas en un 500%, a las cuotas que ordinariamente habían venido pagando.
Desde la perspectiva del mundo pobre se espera que la izquierda en el gobierno enarbole el estandarte de su lucha, y los acerque un poco a ese anhelo inalcanzable del que nos habló Kelsen, - la justicia –, de lo que se trata es de hacer justicia, esto es, de devolverle al mundo pobre lo que le pertenece históricamente; de resarcirlo de los daños causados por el desarrollo alcanzado por unos pocos basado en la inequidad; se trata señores fiscalistas de que la ideología que defienden, les permita tomar decisiones que ayuden a romper el círculo vicioso de la pobreza, poco abonan decisiones como la que se comenta a la libertad que es inherente a la persona humana, y que no puede desarrollarse en un medio de necesidades materiales.